DEPRESIóN Y FLORA INTESTINAL

La microbiota del tubo digestivo, lo que antes llamábamos flora intestinal, tiene una importancia sorprendente en procesos relacionados con el desarrollo del sistema nervioso, con su funcionamiento y con la psicología y el comportamiento, tanto en personas como en animales. Los microorganismos producen sustancias que tras atravesar el epitelio intestinal llegan a la sangre y a través de ella y tras cruzar la barrera hematoencefálica alcanzan el cerebro. A su vez el propio sistema nervioso también puede actuar sobre las bacterias intestinales, modulando sus proporciones relativas y su crecimiento. La comunicación entre microbiota y cerebro se cree que es, por tanto, bidireccional y que están implicados en ella los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario. Entre los mediadores de la comunicación microbiota-intestino-cerebro están ácidos grados de cadena corta, como el butirato; neurotransmisores, como la serotonina y el GABA; hormonas, como el cortisol, y moduladores del sistema inmunitario, como el ácido quinolínico.
Lo que se sabe sobre microbiota y cerebro se basa en estudios que muestran una correlación entre especies concretas de bacterias, sus metabolitos y procesos nerviosos que pueden estar asociados a aspectos normales de la función cerebral como la memoria, a procesos del comportamiento, como las interacciones sociales y a distintos trastornos como las enfermedades neurodegenerativas o la depresión.
La microbiota intestinal puede producir o estimular la producción de neurotransmisores y productos neuroactivos incluyendo la serotonina, el GABA y la dopamina y esos compuestos al ser producidos por el sistema nervioso pueden, a su vez, modular el crecimiento de las bacterias. La relación entre microbiota y depresión ya ha sido planteada anteriormente (Winter et al., 2018) Las alteraciones en la composición de la microbiota, incluyendo las especies presentes y su abundancia relativa, podrían contribuir a la depresión, y en segundo lugar, los estados depresivos podrían inducir la modificación de especies específicas de la microbiota intestinal y, eventualmente, contribuir a hacer más grave la depresión. La viabilidad de ambas secuencias está respaldada por ensayos preclínicos. Por ejemplo, la investigación en roedores ha mostrado un inicio del comportamiento depresivo en ratones después de trasplantes fecales procedentes de pacientes con depresión mayor. Por otro lado, la inducción mental del estrés y el comportamiento depresivo en roedores reduce la riqueza y diversidad de la microbiota intestinal.
La serotonina, parece ser un jugador clave en la depresión. En los seres humanos este transmisor está en la máxima concentración en el tracto gastrointestinal donde participa en la secreción, la motilidad y la percepción de dolor. Los microorganismos intestinales hacen dos cosas: modular la biosíntesis de serotonina en el hospedante y producir serotonina ellos mismos.
Por su parte, el glutamato actúa como un neurotransmisor excitador en el cerebro y las personas con depresión tienen niveles más altos en sangre que los controles, lo que encajaría también con una disminución de su degradación.
El estudio de la relación entre intestino-cerebro puede proporcionar nuevas dianas terapéuticas, nuevas esperanzas de tratamientos mejores para la depresión nerviosa.

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